Tres lacras principales, entre muchas otras, padece el Distrito Federal: la inseguridad, la contaminación y el PRD.
La ciudad de México, en efecto, se ha convertido en propiedad del perredismo. Pasará bastante tiempo antes de que sus habitantes se convenzan de que muchos de los males que padecen derivan de los métodos políticos de ese partido. Desde luego los perredistas no inventaron esos usos: provienen de los tiempos en que gobernaba el PRI. Pero bajo las sucesivas administraciones perredistas se han agravado de tal manera, que ya no se pueden controlar.
La connivencia de las autoridades con toda clase de grupos cuyos integrantes actúan al margen de la ley crea vínculos de complicidad por los cuales la existencia de esos grupos depende de la tolerancia de la autoridad, y la autoridad depende del apoyo de esos grupos.
Será difícil romper ese círculo vicioso. Por ello es lamentable el desperdicio de una espléndida candidatura, la de Beatriz Paredes, que con pocas posibilidades de triunfo enfrenta a la aplanadora perredista, sucesora de la aplanadora priísta, pero en peor. Eso es malo, por más que estemos ya acostumbrados a ver en el D.F. el asiento de todos los males de la vida urbana habidos y por haber.
Lo peor, sin embargo, es que esas lacras se extenderán a toda la República si López Obrador gana la Presidencia e implanta la nociva tesis, según la cual la voluntad del pueblo es superior a la ley y puede pasar sobre ella. Si así sucede, habrá que ir preguntando a qué horas sale el próximo vuelo a Timbuctú.— Saltillo, Coahuila.
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